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Las corralas de Madrid, abiertas solo en agosto

Por | 1 agosto, 2013 | 0 comentarios

Es hora de cotillear by . SantiMB .

Agosto es un mes excepcional en Madrid, en que casi todos los madrileños parten en busca de climas más templados donde descansar de los largos meses de trabajo en la capital. Sin embargo, aquellos que se atrevan con el calor, encontrarán que nuestra ciudad ofrece en plena estación estival la oportunidad de visitar monumentos que el resto del año permanecen cerrados al público.

Es el caso de las corralas, sin duda las edificaciones más típicamente madrileñas de las que aún hoy quedan más de 400 en nuestra ciudad. Durante el mes de agosto, el Centro de Turismo de Plaza Mayor organiza excepcionalmente recorridos turísticos para admirar estas construcciones “de corredor” que datan de los siglos XVIII y XIX, en que la población madrileña aumentó de forma exponencial.

La mayor parte de estas construcciones están en Lavapiés, Embajadores y La Latina, siendo las más conocidas la de la calle Sombrerete esquina a Mesón de Paredes (edificada en 1839), la de Miguel Servet (de 1749) y la de la calle Rollo (1724).

Durante el recorrido, saborearemos el ambiente del Madrid más humilde de vida vecinal, que tan bien retrataron obras teatrales, zarzuelas y novelas como la célebre “Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez-Galdós, de la que os dejamos un pasaje:

«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con agujeros, o con orificios, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca, y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo, y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.

Foto (CC) SantiMB en Flickr

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